MARÍA Y MARIO. RELATO DE ITZIAR SISTIAGA

May, 2017 relato, itziar Sistiaga

María empezó a leer, por obligación, en el colegio. Elegían títulos para ella, historias de las cuales debía extraer muchísimos conocimientos para después, junto al resto de sus compañeros, pasar un examen sobre comprensión, vocabulario y memoria. Odió las bibliotecas. Esa voz aguda de su maestra indicando la estantería donde se encontraban los ejemplares que podían «escoger libremente» para leer.

—Leer, leer, leer… —repetía como una cantinela. ¡Con la cantidad de mundo que había para jugar!

Jugaba con Mario. «María y Mario son novios» se burlaban el resto de niños. Pero a ellos no les importaba. Reían sin parar, se sentían acompañados en un mundo donde los adultos estaban demasiado ocupados para jugar con dos chiquillos, y entre charcos y barro, pelotas y balones, cuerdas y cromos, pasaban los días y los años.

—¿Has leído el libro que nos ha pedido la maestra?

—No, ¿y tú?

—Tampoco.

—¿Lo leemos juntos?

Pasar páginas con un amigo era menos aburrido; hasta se convirtió en divertido cuando cada uno eligió erigirse protagonista y empezaron a entonar distintas voces, mientras sin darse cuenta, devoraban más de un capítulo en una sola sentada.

Al llegar a casa, tanto María como Mario, miraron con distintos ojos los libros de las estanterías. Comenzó entonces una búsqueda insaciable de títulos que sonaran sugerentes para poder interpretar y compartir en sus tardes de juegos. Había muchas historias que no comprendían por completo, aunque tras pocas páginas de teatro, podían adivinar dónde se encontraba la miga de cada relato. Todos contaban con diálogos interesantes, parrafadas intensas -en ocasiones demasiado sobrecargadas para su nivel lingüístico-, pero ninguna novela estaba exenta de emoción y viaje a lo desconocido. Leyendo a través del juego fueron aprendiendo de un mundo que ignoraban. De sentimientos que no entendían y que incluso les parecían exagerados con sus escasos once años. Descubrieron que la imaginación era infinita, que bien se podía hablar de ogros como de gigantes, de extraterrestres reconvertidos en princesas, de caballeros andantes y familias que repiten una y otra vez su destino así pasen las generaciones. Leyeron a Tintín, a Súper López, a Mortadelo y Filemón y a Zipi y Zape. Las rimas de Bécquer, a Garcilaso y recitaban sobre un pretil poemas de Machado que se les quedaban grandes, pero que resonaban con fuerza en su interior:

«Era un niño que soñaba

un caballo de cartón».

Reían, reían tanto, que el día en que los padres de Mario tuvieron que mudarse por motivos de trabajo, María sintió que su risa también se había mudado. Durante un tiempo estuvieron enviándose cartas, Mario le recomendaba lecturas, María apenas respondía con telegramas, más tristes que su propia tristeza. Mario pronto dejó de escribirle. Y María quiso hacer creer que le había olvidado.

«Abrió los ojos el niño

y el caballito no vio».

Entraron en la Universidad el mismo año, se enamoraron a destiempo de otras personas, fueron felices y desgraciados, volvieron a reír, a llorar, a perder a gente querida y, un día, en la Feria del Libro de una bella ciudad amurallada donde María pasaba sus vacaciones, vio a su amigo rodeado de personas que esperaban su turno para que éste les firmara un libro. Con el corazón en un puño, tiritando de la emoción, se colocó en la fila y esperó a estar frente a él para saludarle:

—O sea, que te hiciste escritor.

—¡María!

—Hola, Mario. ¡Qué bonito será leerte!

—María, ¡qué bonito será dedicarte al fin esta historia!

Mario no vio la lágrima que surcaba el rostro de María cuando ésta abrazó la novela.

—No podías haber elegido un título mejor, Mario.

Mientras se alejaba, su hija le preguntó:

—Mami, ¿de qué conoces a ese señor? ¿Y qué libro te has comprado? ¿Mami, por qué lloras?

Esa noche María, al encender la luz de la mesilla, cogió el ejemplar y lo acarició como tantas veces se imaginó a sí misma acariciando la mejilla de Mario. «Gracias por el fuego», estaba escrito en la cubierta del libro.

—Gracias a ti, Mario. Sin ti jamás hubiera conocido este otro tipo de pasión.

«Quedóse el niño muy serio
pensando que no es verdad
un caballito soñado.
Y ya no volvió a soñar.
Pero el niño se hizo mozo
y el mozo tuvo un amor,
y a su amada le decía:
¿Tú eres de verdad o no?
Cuando el mozo se hizo viejo
pensaba: Todo es soñar,
el caballito soñado
y el caballo de verdad.
Y cuando vino la muerte,
el viejo a su corazón
preguntaba: ¿Tú eres sueño?
¡Quién sabe si despertó!»

Pd: el maridaje ideal de cada una de mis historias lo pone la música. Tras leer este texto, esta vez, debería sonar Hindi Zahra y su dulce Beautiful Tango. Pincha aquí para descubrir su música.

¡Nos leemos!

Itziar Sistiaga Solana

Imagen: Designed by Freepik

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